LA TURNA: tres mujeres, una máquina apagada y lo que no se dice
Estoy escribiendo un libro nuevo. Lo digo así, sin caricias, porque necesito que se sepa. Después de Egixi y de las herencias malditas de Promesa y Castigo llegó Metal Que Crece: una novela de atroz ingeniería narrativa. Seis voces distintas. Cuatro de esos narradores son humanos. Dos son conciencia no humana. La conclusión del libro pega al hígado porque la Rosario Egixi, después de esa noche, cambió para siempre. Necesitaba sacar las manos del vestido de las cincuenta lenguas, de los Objetos M.P. que te pudren la sangre, necesitaba escribir sobre gente que conozco. Sobre gente que soy.
El libro nuevo tiene cinco cuentos. Fábricas, villas, ríos, turnos nocturnos. Está seco de aliens. Los objetos malditos no llegan para cagarte la vida. Hay obreros, hay mujeres que limpian moldes de inyectora a las dos de la mañana, hay un tipo que pedalea con bichos de metal en una bolsa, hay un pibe que entra por una ventana para encontrar lo que nunca nadie debería encontrarse. Hay un río que no se olvida de vos aunque vos te olvides de él. Todo en Rosario o cerca. Todos con las manos manchadas.
La Turna fue el cuento que más miedo me dio escribir. Por quién lo cuenta.
Yo soy un tipo. Sueldo y encastro chapas nueve horas. Mis amigos son tipos. Donde laburo es un mundo de tipos. Y La Turna es un cuento de tres mujeres en una fábrica de noche, solas, sin encargado, con un técnico de mantenimiento que entra oliendo a perfume de shopping y que en algún momento: no vuelve del fondo del galpón.
El bloc de notas decía: tres minas turno noche, el de mantenimiento se electrocuta, ellas lo mueven. ¿quién decide? ¿cuál carga? ¿quién miente?
La trama sigue a quien se queda callada. Y que la que se queda callada es la que más ve, la que más sabe, y la que menos puede hacer con eso que sabe. Porque así siempre estuvo el laburo, el país, si te callás te pasan por arriba, y si levantás mucho la voz, te callan. Eso, es Ruth.
Ruth no habla. Limpia. Cuenta piezas. Tiene una cicatriz en la muñeca izquierda que se tapa con la manga y se rasca cuando la apuran. El detective le pregunta si escuchó el golpe. Ella dice que sí. Le pregunta qué hizo. Ella dice: me quedé quieta. Le pregunta por qué. Y ella contesta: Porque siempre están pasando cosas y uno se queda quieto. Así aprendés a sobrevivir.
Entre cada sesión del interrogatorio policial, la historia se va reconstruyendo, en fragmentos, como se arman las cosas en la cabeza a la madrugada: sin luz suficiente, con los signos de lo último que hicieron las manos. El lector sabe más que el detective. Más que Ruth. Sabe más que nadie. Y tampoco puede hacer nada con eso que sabe.
Las tres mujeres son tres formas de bancarse lo mismo. Pirincha tiene setenta y dos años, dice sesenta y ocho, le truenan las rodillas, duerme cuatro horas, mantiene a una familia que no labura. Calcula todo. Nunca se apura. Cuando hay que tomar una decisión, la toma sin que parezca que la tomó. Porteñita tiene treinta y cuatro, habla sin la ese comida, se plancha el pelo para venir al turno noche, se va con el técnico al fondo del galpón veinte minutos y vuelve acomodándose el pelo como si nada. Actúa todo. Y Ruth. Ruth mira. No dice nada. Ruth tiene las manos largas y huesudas y un perro sin raza que la sigue hasta la puerta y se queda en la vereda hasta que ella apaga la luz.
El perro es importante. Es lo único en su vida que la elige sin pedirle nada a cambio. Y al final del cuento, cuando las otras dos la entregan, cuando le dicen al detective que ella se iba con el tipo, que ella no estaba en su máquina, que ellas estaban trabajando —la lealtad entre mujeres rompiéndose como se rompe siempre: por miedo, por cálculo, por supervivencia— el perro la espera en la vereda de la comisaría. Le pasa el hocico por la muñeca. Una sola vez. Sobre la cicatriz. Y caminan.
Esa escena fue la primera. Previa al interrogatorio, de las máquinas, mucho antes que apareciera Sacristán con su camisa de service y la arandela dorada en el dedo. Primero existió una mujer saliendo de una comisaría a las cinco de la madrugada con un perro que la sigue a todas partes. Lo demás fue construir el camino hasta ahí.
La primera vez que le preguntaron, Ruth dijo que no sabía nada. La segunda, que ya había dicho que no sabía nada. La tercera vez se calló la boca, porque el silencio era más barato que las palabras y en ningún lugar eso era más verdad que ahí adentro.
El detective ocupaba toda la silla. Tenía un cuaderno rayado con la tapa despegada. Escribía sin mirarla. De vez en cuando levantaba los ojos, la medía, volvía a bajarlos. Olor a naftalina y a café quemado. La bombilla del techo parpadeaba cada tanto. Ruth miraba.
—¿Cuándo llegó Sacristán a la fábrica esa noche?
—No sé cómo se llamaba.
—¿Cómo que no sabés?
—Nunca me dijo el nombre.
El detective la miró. Escribió algo y arrancó la hoja. La arrugó. La tiró al piso.
—Empezá de nuevo.
***
El turno arrancaba a las once. Ruth llegaba siempre diez minutos antes porque venía en bicicleta y el candado tenía maña, había que meter media llave nomás, y esperar que se abriera. Si no sabías, tardabas. Si no llegabas a tiempo, el patrón te descontaba aunque fuera por un minuto. Lo había comprobado ella misma la primera semana, cuando aún no entendía bien las reglas y pensaba que la puntualidad se podía negociar. No.
Entraba por la puerta de atrás, la de chapa con pestillo roto que levantaba con la rodilla mientras giraba la manija. Adentro, un olor a plástico quemado que te hacía sacar los dientes afuera. Con el tiempo dejó de intentarlo. Colgaba la mochila en el gancho del fondo. Se ataba el pelo. Se ponía los guantes de nitrilo.
Cuando se los ajustaba en la muñeca izquierda presionaba un poco más que en la derecha, sin pensar, por costumbre, porque la piel de ahí era diferente —una más lisa, piel que creció empujando la otra— y el guante resbalaba si no apretaba. Empezaba a trabajar. Las máquinas inyectoras eran cuatro, una fila. Moldes que bajaban, que mordían, que soltaban piezas de plástico gris. Tapas. Carcasas. Partes de un cuadro más grande que Ruth nunca vio completo.
Ocho horas atrás de una inyectora espatuleando remanente, revisando bordes, apilando bandejas, y empezando de nuevo. Las manos largas y huesudas se movían solas. Hacía meses que no necesitaba pensar en hacerlo. Esa era la parte buena, si se podía decir así. Que las manos trabajaban y la cabeza podía irse a cualquier lado.
***
La Pirincha llegaba a las once y cuarto. Siempre. El patrón se lo descontaba. Ella lo sabía y tenía calculado cuánto era, y lo había incorporado al sueldo, tomándose una hora para limarse las uñas mientras se le enfriaba el café. Pirincha tenía setenta y dos años aunque decía sesenta y ocho. Las rodillas le tronaban al bajar del colectivo y al subir los tres escalones de la entrada, al sentarse, al pararse, y prácticamente al respirar. Las bolsas abajo de los ojos eran permanentes, del color del cielo antes de llover, y el mechón teñido de castaño que le caía en la frente era el único gesto de coquetería que le quedaba del otro siglo.
***
La Pirincha se lo dijo a la otra en voz baja mientras cambiaban un molde.
—Son rumores —respondió Porteñita.
—Sí —dijo La Pirincha—. Como el del año pasado que resultó que no eran.
No dijeron más. Ruth mascó aire para adentro. Tragó. Pero esa noche, pedaleando de vuelta, con la helada de agosto metiéndose en los dedos, con un hueco en el bolsillo, con lo que faltaba para el alquiler y el homebanking que no abría, lloró. Lágrimas que le hicieron esconder la cara aunque nadie miraba. Que la apuraron a entrar en la casa aunque nadie estuviera esperando.
Era el perro el que la esperaba. En la esquina. Más espalda que patas, sin raza, con una oreja mordida. Siguiéndola hasta la puerta y después quedándose en la vereda hasta que ella apagaba la luz.
—Andate —le dijo esa noche.
El perro se sentó. Sacó la lengua.
—Andate, te digo.
El perro la miró con ojos amarillos. No se fue.
Eso es la puerta por la que entrás. De chapa, con un pestillo roto. Un interrogatorio te agarra del cuello y la fábrica se te mete adentro como plástico quemado. A partir de ahí el cuento se arma en capas: primero conocés a las tres, luego conocés al Sacristán, después entendés las relaciones de poder entre los cuatro, y cuando ya estás adentro, cuando ya sabés quién se va al fondo con quién y quién mira para otro lado, se apagan las luces.
Lo que pasa después no lo cuento acá. Eso lo tiene que leer el que agarre el libro. Puedo decir esto: hay una escena en una camioneta, de noche, zona sur, con luces entrando por la ventanilla a intervalos, donde Ruth se queda con un cuerpo sobre las piernas. Las manos a los costados. Sin tocar. Hasta que toca. Esa escena me pesa más que cualquier cosa violenta que haya escrito, incluyendo a Rosa Carnívora arrancándose un abecedario del brazo. Porque no hay violencia. Hay algo inesperado: ternura. Y ahí no debería haber nada.
Cuando un hombre escribe mujeres, puede caer en la trampa de pensar que hay que explicarlas. Eso es un narrador que no puede cerrar la maldita boca. Es una cabeza flotando, un tipo filosofando en papeles. No. A mí eso no me interesa en absoluto. Lo que hago es hacer exactamente lo que hago cuando escribo hombres: mostrar las manos, el cuerpo, cómo pesan las decisiones y confiar en que el lector complete. Ruth no necesita que yo le explique la cicatriz de la muñeca. La cicatriz está. El lector la ve. Y la ve cada vez que Ruth se la rasca, cada vez que se la tapa o el guante de nitrilo le aprieta un poco más ese lado. Eso es todo.
El título del cuento viene del turno. Turna. No va de errores ortográficos, eh. Es un modismo que se me pegó del taller, cuando caes tanto en la rutina que buscás variaciones a lo que estás haciendo, siempre. Y que suena exactamente como lo que es: una cosa medio torcida, medio deforme, que funciona igual.
El libro se va a llamar El Lomo. Si lo ves algún día en una librería, levantalo. Las Delicias: hay un pibe que cruza una vía y se vuelve su abuelo veinte años antes de que le llegue, y una llave inglesa cayendo al piso de una habitación donde nadie debería estar nunca. Fierro: un hombre pedalea su bici con todo lo que hizo adentro de una bolsa, y una melodía que pasa de boca en boca sin que nadie sepa de dónde viene. La Turna: tres mujeres en una fábrica de noche y un perro que espera en la vereda. Mediomundo: un fierro cromado que aparece apoyado contra la pared donde antes no había nada, y un hijo que está muy blandito para saber lo que le dejaron. El Fondero: el Paraná, un fondo del que todavía no sé cómo se sale.
No hay aliens, no hay sistema de objetos-herencia malditos ni esclavitud cósmica ni vestidos hechos con lenguas de esclavas ni de inútiles que se quitaron la vida. Hay una fábrica que cierra, un turno de noche donde se apaga la luz, un barrio donde cruzás la vía y el mundo cambia, un aro de fierro que te muestra cosas que no querés ver, y un hombre que busca algo en el fondo del agua. Cinco cuentos que se la aguantan solos. Los cinco comparten el mismo fierro.
Yo sigo en Rosario. Laburo nueve horas al día para otros, hago mi propia historia con el teléfono en los huecos que puedo, los capataces atrás. La diferencia es que ahora, cuando salgo, no me voy derecho a la pantalla. Primero paso por lo de la rubia, la que me hizo probar los canelones más ricos sobre la faz de la tierra, la del cucurucho infinito del artículo Genius, la que me ceba el mate en Rosa Carnívora. La misma de siempre. La que un día me agarró de la mano y me llevó a comer a un lugar que no conocía y me llenó el pecho de una cosa que no tiene nombre pero que me acompañó durante todo este libro. Una cosa más simple que la literatura y más difícil de fabricar. Se deja entrar y se cuida. Nada más.
Escribir El Lomo me está dejando respirar. Sacar la jeta del universo Egixi y meter las manos en la grasa del mundo real, el mío. El de las pibas que limpian moldes a las dos de la mañana y saben que si llaman a alguien van a tener que explicar por qué estaban ahí cuando la mayoría duerme. La Turna es para ellas. Para las que se quedan quietas porque así se sobrevive. Y para el perro que las espera en la vereda sin pedirles nada.
El libro está terminado. Falta siempre una vuelta más de tuerca.
Porque siempre están pasando cosas y uno se queda quieto.